En los últimos trimestres, Estados Unidos ha sostenido la defensa antimisiles en tres frentes a la vez: proteger a Israel de misiles balísticos, derribar drones y cohetes hutíes sobre el mar Rojo y suministrar interceptores a Ucrania. Los despachos de agencia hablan sin rodeos de una reserva de misiles casi agotada y, aunque Washington lo niega, la dirección es indiscutible: los almacenes de los interceptores más caros (THAAD, Patriot, SM-3, SM-6) están hoy muy mermados y hay que reponerlos.
La observación clave, y todavía infravalorada, es esta: el presupuesto de defensa puede ampliarse en unas semanas, pero un interceptor no se fabrica más rápido. El cuello de botella físico de toda la cadena es el motor cohete de propelente sólido. La producción occidental de estos motores se ha reducido a prácticamente dos proveedores, y ampliar capacidad lleva años. Eso hace que la reposición de existencias se extienda durante varios años y mantenga la cartera de pedidos llena mucho más tiempo del que sugiere un episodio aislado de escalada.