Tras la transición de China en 2025 de aranceles puntuales a un régimen permanente de licencias de exportación y trazabilidad, el control real sobre la cadena de valor de las tierras raras dejó de depender del mineral en bruto. Pekín extendió sus restricciones más allá de los óxidos pesados y medianos hacia los imanes sinterizados de NdFeB terminados y el know-how metalúrgico necesario para producirlos. Esto es determinante: China controla aproximadamente el 90% de la producción global de imanes permanentes, una cuota muy superior a la de su extracción minera. Por tanto, el cuello de botella estructural no se ubica en la mina, sino en etapas posteriores: la metalización y la fabricación de imanes.
A esta restricción de oferta se suma una nueva ola de demanda que va mucho más allá de los motores de tracción para vehículos eléctricos. Cada robot humanoide requiere varios kilogramos de imanes NdFeB de alto rendimiento en sus actuadores articulares, los drones y municiones guiadas consumen volúmenes crecientes, y la electrificación de centros de datos de IA (motores de alta eficiencia, ventilación y generadores) añade otro vector secular. Esta demanda es inelástica y estratégica, lo que empuja a los compradores industriales y de defensa a pagar primas y firmar contratos plurianuales de suministro seguro fuera de China.