El aluminio es el metal industrial más intensivo en energía: fundir una tonelada requiere aproximadamente 14 MWh de electricidad. China, que concentra cerca del 60% de la producción mundial, se impuso en 2017 un límite legal de 45 millones de toneladas de capacidad anual y acaba de alcanzarlo: su producción supera ya los 43 millones de toneladas y su crecimiento es marginal. Por primera vez en dos décadas, el gran motor de la oferta de aluminio primario se detiene por decreto político y no por fuerzas de mercado.
En teoría, Occidente debería cubrir el vacío, pero opera una segunda barrera: la electricidad. Una fundición de aluminio es, en la práctica, una central eléctrica con una nave de colada anexa, y necesita energía barata asegurada por décadas. Hoy en día, los centros de datos de IA, la electrificación del transporte y la industria compiten por los mismos megavatios, con listas de espera de conexión a la red que demoran años. Estados Unidos produce su menor volumen de aluminio primario desde la década de 1950, mientras que Europa cerró ~2 millones de toneladas de capacidad durante la crisis de 2021-2022, la mayoría de forma permanente. La primera fundición proyectada en EE.UU. en más de 40 años sigue paralizada por falta de un contrato de suministro eléctrico, ilustrando dónde se sitúa el verdadero cuello de botella.