El mundo ha entrado en la mayor expansión de redes eléctricas en décadas. Alemania tiende miles de kilómetros de corredores subterráneos HVDC de norte a sur (SuedLink, SuedOstLink), el operador holandés TenneT ha desplegado un programa multimillonario de conexiones eólicas marinas de 2 GW, proliferan las interconexiones transfronterizas y surge una nueva fuente de demanda masiva: acometidas de gran potencia para centros de datos de IA. La Agencia Internacional de la Energía reitera que el gasto en redes debe duplicarse para hacer viable la electrificación. Todos estos proyectos comparten un elemento crítico: el cable de muy alta tensión.
La oferta no puede seguir el ritmo debido a barreras estructurales insalvables a corto plazo. Los cables HVDC, sobre todo submarinos, no se fabrican en naves estándar: requieren torres de extrusión vertical de más de cien metros y acceso portuario directo, y levantar una planta lleva de 4 a 5 años. La flota mundial de buques cableros especializados es reducidísima y los operadores de red exigen años de homologación técnica y credenciales impecables, ya que una avería submarina cuesta cientos de millones de euros. Por ello, el mercado está en manos de un oligopolio: Prysmian, Nexans y NKT en Europa, junto a Sumitomo Electric y LS Cable en Asia, con las capacidades europeas vendidas hasta final de la década.