Cuando los agonistas del receptor GLP-1 captaron la atención del mercado en 2023, las empresas de tecnología médica ortopédica sufrieron ventas masivas ante la creencia de que una población más delgada requeriría menos cirugías. Sin embargo, en la cirugía reconstructiva ortopédica opera el mecanismo inverso, aún poco comprendido por el mercado general. La principal barrera para el reemplazo de rodilla o cadera en EE. UU. no es la falta de demanda, sino los estrictos criterios de selección: muchos hospitales y cirujanos rechazan intervenciones programadas en pacientes con un IMC superior a 40 (e incluso a 35) por el elevado riesgo de complicaciones infecciosas y mala cicatrización. Esto acumuló durante años una bolsa oculta de pacientes con artrosis avanzada médicamente aptos para prótesis pero excluidos por su peso.
Los fármacos GLP-1 desbloquean este cuello de botella. Al perder entre un 15% y un 20% de su masa corporal, los pacientes cruzan por debajo de los umbrales de IMC y regresan a las consultas de traumatología. Resulta crucial entender que la artrosis es estructural e irreversible: el cartílago degradado no se regenera. Aunque la pérdida de peso alivia los síntomas mecánicos, en fases avanzadas no elimina la necesidad de la prótesis. Los cirujanos constatan una afluencia de pacientes que, tras el tratamiento con GLP-1, cumplen por primera vez en años los requisitos quirúrgicos, mientras que un menor peso reduce los riesgos perioperatorios. Paralelamente, la cirugía bariátrica cede espacio a la farmacoterapia, liberando quirófanos y animando a los hospitales a redirigir recursos hacia la rentable ortopedia.