El mercado identifica las baterías con el litio, el níquel y el cobalto, pero el verdadero ganador de los últimos años es la química LFP (litio, hierro y fosfato). La LFP domina el almacenamiento estacionario de energía y gana cuota en los vehículos eléctricos más baratos, y su componente clave, y menos valorado, es el fósforo. Para fabricar cátodos LFP hace falta ácido fosfórico purificado de grado batería, el mismo elemento que desde hace décadas alimenta la agricultura mundial. Los fosfatos acaban de convertirse en una materia prima para baterías, y eso provoca la colisión de dos mercados: el de la energía y el de los alimentos.
Dos fuerzas tensionan a la vez la oferta global de fosfatos. Primero, la demanda de baterías crece rápido: la LFP domina el almacenamiento de energía y avanza hacia la automoción, creando un flujo de demanda de ácido fosfórico purificado completamente nuevo y en expansión. Segundo, China, el mayor productor y exportador de fosfatos, restringe desde 2021 las exportaciones de DAP y MAP para proteger la oferta interna de fertilizantes y abastecer con prioridad su propia cadena de baterías. Efecto neto: cada vez menos fosfatos disponibles para el resto del mundo.