Tras el desastre de Fukushima en 2011, Japón apagó su flota de más de 50 reactores y la cuota nuclear cayó del ~30% a menos del 10%. El vacío se cubrió con GNL y carbón importados, lo que costó decenas de miles de millones anuales a la economía y convirtió a las eléctricas en perdedoras estructurales. Este panorama ha cambiado por completo: el 7.º Plan Energético Estratégico eliminó la cláusula de reducción de dependencia nuclear, fijó una meta del ~20% nuclear para 2040 y abrió la vía a reactores de nueva generación.
El catalizador clave llegó a finales de 2025: la prefectura de Niigata autorizó el reinicio de Kashiwazaki-Kariwa, la mayor central nuclear del mundo (siete reactores, ~8 GW), parada más de una década. La unidad 6 ya tiene combustible cargado, siendo el primer reinicio de TEPCO tras Fukushima. La lógica financiera es directa: reactores totalmente amortizados sustituyen GNL caro por electricidad a coste marginal casi nulo. TEPCO calcula que dos reactores activos mejoran su resultado en ~100.000 millones de yenes anuales. Nuevas unidades aguardan turno, como Tomari 3 en Hokkaido.