Durante una década, Vaca Muerta fue una gran promesa: la segunda formación de gas no convencional y la cuarta de petróleo no convencional del mundo, cuya monetización plena se vio truncada. El obstáculo nunca fue la geología ni los costes (el breakeven de nuevos pozos ronda los 40-45 USD por barril), sino la infraestructura de evacuación y el desorden macroeconómico. Ambos frenos se destraban en simultáneo. La ampliación del sistema Oldelval (proyecto Duplicar) ya duplicó la capacidad hacia el Atlántico, se reactivó el oleoducto a Chile y el proyecto VMOS (Vaca Muerta Oleoducto Sur), respaldado por el régimen RIGI, comenzará a bombear entre finales de 2026 y principios de 2027, sumando cientos de miles de barriles diarios de capacidad exportadora a través de la nueva terminal de aguas profundas de Punta Colorada.
El segundo pilar es la normalización macroeconómica. Tras el triunfo electoral del oficialismo reformista en las legislativas de 2025, el riesgo país cayó de ~1.500 a 600-700 puntos básicos, y las petroleras regresaron a los mercados de deuda internacionales con cupones significativamente más bajos. En una industria donde la producción es función directa de la perforación, un capital más barato acelera capex y volúmenes. La producción petrolera argentina se encuentra en máximos de dos décadas y crece a un ritmo del 25-30% anual, impulsada casi en su totalidad por el shale.