El régimen arancelario estadounidense sobre los medicamentos se apoya en una sola condición: produce en EE. UU. o paga. Las farmacéuticas que han anunciado la construcción de plantas en suelo estadounidense se han ganado un respiro arancelario; el resto tiene encima la amenaza de tipos de decenas y, en el escenario extremo, de cientos por ciento. La UE negoció un techo del 15 por ciento, pero ese techo forma parte de un acuerdo comercial más amplio cuyo cumplimiento Washington acaba de reclamar públicamente a Bruselas. Los productos farmacéuticos son la mayor partida individual de las exportaciones europeas a Estados Unidos, así que son el rehén natural de este pulso.
El problema es que las inversiones anunciadas, que ya suman varios cientos de miles de millones de dólares, no resuelven nada en esta década. Una planta nueva de biológicos son de cuatro a seis años desde la primera palada hasta el primer lote comercial, y al final de ese camino todavía espera la inspección previa a la aprobación de la FDA. Incluso limitarse a trasladar un producto existente a una planta ya operativa y aprobada exige un suplemento al expediente de registro, transferencia de tecnología, lotes de validación y estudios de comparabilidad: normalmente, de 18 a 36 meses. El arancel, en cambio, se aplica desde ya. Entre esos dos relojes se abre un hueco de varios años, y ese hueco es el verdadero objeto de esta tesis.